La batalla que todos llevamos dentro
- Max Parra
- 23 jul
- 5 min de lectura
Actualizado: 27 ago

Respondiendo preguntas existenciales Bhagavad-gītā capitulo 1
En el primer capítulo del Bhagavad-gītā se habla de la lucha interna que todos llevamos en nuestras vidas. Nos posiciona frente a esas decisiones difíciles que, en determinados momentos, tenemos que tomar; decisiones tan complejas que sentimos que necesitamos una claridad trascendental para encontrar la respuesta verdadera.
Según la tradición del Bhagavad-gītā, esa respuesta la tiene Dios.
En este contexto, Kṛṣṇa, quien es Dios, comienza una conversación con Arjuna, un ser humano que se encuentra frente a una de las situaciones más difíciles de su vida. Arjuna representa a la persona que tiene que encontrar el valor para afrontar los estados alterados de su mente, sus traumas, sus trastornos psicológicos, la depresión, la ansiedad, los pensamientos de muerte, los intentos de suicidio y todos los obstáculos que cualquier persona puede tener que afrontar en su camino para encontrarse con Dios, liberarse de la mente y alcanzar una vida de paz que prepare su conciencia para una conexión con la divinidad.
En este contexto aparece una guerra interna que todos tenemos.
Y, según esta visión, el resultado de esa guerra influye en el tipo de vida que experimentamos, tanto en esta vida como en otras, debido al karma.
Por eso comienza a plantearse una pregunta fundamental:
¿Cómo podemos abordar todas estas situaciones con la ayuda de Dios?
Dios comienza entonces una conversación con el ser humano, y el ser humano le manifiesta todos sus problemas.
Mientras Arjuna se encuentra en medio de esta guerra, comienzan a aparecer los factores de raíz que pueden llevar al ser humano a elegir el sufrimiento: no comprender la realidad de la vida y vivir en la ignorancia de lo que realmente somos.
Y aquí aparece uno de los primeros grandes obstáculos del ser humano:
El miedo a la muerte
El miedo a la muerte no radica solamente en un miedo abstracto a morir. Este miedo se expande y se relaciona con la pérdida del cuerpo, de los familiares, de las relaciones y de todos los objetos materiales que consideramos parte de nuestra vida.
Entonces aparece una pregunta:
¿El miedo a la muerte puede estar profundamente relacionado con aquello con lo que creemos que nuestra vida está constituida?
No se trata solamente de dramatizar la creencia de que un día vamos a dormir para nunca despertar.
También significa pensar:
«Voy a dejar de tener aquello que más valoro en esta vida.»
Y ese pensamiento puede llevarnos a comenzar a vivir en la oscuridad, sin permitirnos experimentar plenamente la vida.
Les voy a contar una anécdota.
A mis 26 años logré tener mi casa, después de haber priorizado en todos los aspectos de mi vida la construcción de esa casa. Durante mucho tiempo, mi vida estuvo organizada alrededor de ese objetivo.
Cuando finalmente me senté en el sillón de mi casa, me di cuenta de que me sentía vacío.
En ese momento, mi mundo se derrumbó.
Mi vida perdió sentido en un solo instante.
Cuando caí en ese pozo existencial, comencé a tomar conciencia, por primera vez, de mi sufrimiento y de cómo ese sufrimiento había distorsionado mi percepción del verdadero bienestar.
Mi vida había llegado a depender de un cuadrado de concreto de seis por seis metros.
Eso era mi felicidad.
Y cuando lo conseguí, descubrí que no era suficiente.
Aquí aparece otro gran problema de la humanidad:
¿Cómo elegimos el sufrimiento?
Y, más profundamente:
¿Cómo puede el sufrimiento distorsionar nuestra percepción del verdadero bienestar?
Podemos tener una victoria frente a nuestros ojos y, aun así, no encontrar la felicidad que esperábamos.
Por eso, una de las primeras preguntas que aparece en este contexto es:
¿Estamos confundiendo lo que deseamos con aquello que realmente nos proporciona bienestar?
Porque podemos pensar:
«Me gusta mucho viajar. Si algún día no puedo viajar, mi vida se acaba.»
Pero ¿realmente nuestra vida se acaba?
¿O nuestra mente ha relacionado nuestra felicidad con una experiencia particular?
Quizás esto es lo que comienza a ocurrirle a Arjuna.
El primer capítulo del Bhagavad-gītā comienza en el campo de batalla de Kurukṣetra, pero la verdadera batalla ya había comenzado mucho antes.
Dos ramas de una misma familia, los Pāṇḍavas y los Kauravas, crecieron juntas dentro de la dinastía Kuru. Los Pāṇḍavas, hijos del rey Pāṇḍu, compartían su linaje con los cien hijos de Dhṛtarāṣṭra, un rey ciego cuyo hijo mayor, Duryodhana, desarrolló una profunda envidia hacia sus propios primos.
Lo que comenzó como una rivalidad familiar fue transformándose, poco a poco, en una lucha por el poder.
Hubo intentos de eliminar a los Pāṇḍavas, intrigas, un juego de dados en el que perdieron su reino y, finalmente, trece años de exilio.
Cuando regresaron, todavía intentaron evitar la guerra y reclamaron únicamente una pequeña parte de aquello que les correspondía.
Pero Duryodhana se negó incluso a concederles un territorio mínimo.
Así, una familia terminó frente a otra.
Y en medio de ambos ejércitos se encontraba Arjuna, un gran guerrero de los Pāṇḍavas.
Cuando pidió a Kṛṣṇa que colocara su carro entre los dos ejércitos para observar a aquellos contra quienes debía luchar, descubrió que frente a él no había simples enemigos.
Allí estaban sus maestros, sus familiares, sus amigos y las personas con las que había compartido toda su vida.
En ese instante, la guerra exterior se convirtió en una crisis interior.
Arjuna ya no veía solamente una batalla por un reino.
Veía la muerte.
Veía a su familia.
Veía el deber.
Veía la culpa.
Veía la moral.
Veía las consecuencias de sus acciones.
Su cuerpo comenzó a temblar, su arco cayó de sus manos y su mente quedó completamente confundida.
El primer capítulo del Bhagavad-gītā termina precisamente ahí: en el momento en que un ser humano se encuentra frente a una situación en la que todas sus certezas parecen derrumbarse.
Arjuna no sabe qué hacer.
Y es justamente cuando deja de confiar completamente en sus propias conclusiones que comienza la verdadera búsqueda del conocimiento.
No me creas. Experiméntalo.
Durante esta semana, reserva entre 10 y 15 minutos al día para sentarte en silencio.
No necesitas intentar dejar la mente en blanco ni eliminar tus pensamientos.
Simplemente observa.
Comienza preguntándote:
¿Qué creo que necesito para ser feliz?
Deja que aparezcan las respuestas.
Puede ser una persona, una relación, una posesión, una experiencia, un lugar, un proyecto, una actividad o una determinada condición de tu vida.
Cuando aparezca algo, observa la relación que tienes con ello.
Pregúntate:
¿Qué siento cuando imagino perderlo?
¿Qué parte de mí creo que perdería junto con eso?
¿Mi vida realmente terminaría o terminaría una determinada experiencia de mi vida?
No intentes responder rápidamente.
No intentes convencerte de que no necesitas aquello.
Simplemente observa la experiencia.
Durante el día, cada vez que aparezca un pensamiento como:
«Si pierdo esto, no podré ser feliz»,
detente durante unos segundos y observa:
¿Estoy confundiendo lo que deseo con aquello que realmente me proporciona bienestar?
Al finalizar cada día, escribe brevemente:
¿Qué temí perder hoy?
¿Qué sentí al imaginar esa pérdida?
¿Qué descubrí sobre mi idea de felicidad?
Después de una semana, vuelve a leer tus respuestas y observa si aparece un patrón.
Quizás descubras que no tienes miedo únicamente de perder cosas.
Quizás tengas miedo de perder una parte de la identidad que construiste alrededor de ellas.
No intentes llegar a una conclusión.
No intentes creer en una respuesta.
Mantra de la semana
Después de realizar la práctica de observación, permanece unos minutos en silencio y repite mentalmente:
ॐ तत् सत्
Om Tat Sat
Este mantra puede entenderse como:
«Om: la realidad suprema.»
«Tat: aquello.»
«Sat: la verdad, lo que es real y eterno.»
Mientras lo repites, observa tus pensamientos y tus apegos sin intentar rechazarlos.
Puedes utilizar esta frase como una contemplación:
«Esto que deseo puede cambiar.»
«Esto que temo perder puede desaparecer.»
«¿Qué permanece?»
Repite el mantra durante 5 a 10 minutos, dejando que la mente regrese suavemente al sonido cada vez que se distraiga.



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