Renunciar sin dejar de actuar
- Max Parra
- 19 ago
- 4 min de lectura

¿Es necesario abandonar nuestras acciones para vivir espiritualmente?
Tanto si comienzas en el camino espiritual como si eres una persona avanzada en este camino, esta confusión se nos va a presentar una y otra vez...
Escuchamos hablar de la renuncia, del conocimiento y del servicio devocional, pero ¿cómo comprender que pueden convivir entre sí?
Si renunciar significa dejar de actuar, ¿cómo puede una persona trabajar y, al mismo tiempo, ser un renunciante?
Según un estudio de 2024, al someter a los participantes a 31 días de entrenamiento en mindfulness, estos no aumentaron sus decisiones prosociales; en ciertas tareas eligieron más opciones monetarias o egoístas. Los autores señalaron que gran parte del entrenamiento estaba dirigido hacia uno mismo y plantearon que una práctica orientada explícitamente hacia lo social podría producir resultados diferentes. Meditar o estar atento no significa automáticamente haber trascendido el interés personal. La intención y la dirección de la práctica importan. Estudio en Scientific Reports
Muchas veces pensamos que la vida espiritual comienza cuando nos alejamos del mundo, abandonamos nuestras responsabilidades o dejamos atrás todo aquello que nos produce inquietud. Imaginamos la renuncia como una persona que se retira a una montaña, guarda silencio y deja de participar en las actividades cotidianas.
Pero Kṛṣṇa presenta una comprensión diferente.
La verdadera renuncia no consiste necesariamente en dejar de actuar, sino en dejar de apropiarnos de los resultados de nuestras acciones.
El conflicto entre actuar y renunciar
Por una parte, escuchas que debes renunciar, pero, por otra, recibes la instrucción de actuar. Para nuestra interpretación, podemos decir que ambas posibilidades son incompatibles: o dejas completamente la acción o permaneces atrapado en ella.
Sabes, cuando comencé con mi camino espiritual, lo primero que hice fue dejar mi trabajo y vivir con lo mínimo posible. En ocasiones, ni siquiera comía, pues, en mi entender, eso era la renuncia y me acercaba a mi interior. Pero, lejos de trabajar en ello, caí inmediatamente en un cuadro depresivo, pues, a pesar de que había renunciado a mi trabajo, continuaba actuando sin pleno conocimiento, con apego y no como servicio.
Cuando una acción deja de estar motivada exclusivamente por el deseo de obtener algo para nosotros mismos, su naturaleza cambia. Exteriormente puede parecer la misma acción, pero interiormente ya no produce el mismo enredo.
Dos personas pueden realizar exactamente el mismo trabajo. Una puede hacerlo buscando reconocimiento, poder o recompensa; la otra puede realizarlo como una ofrenda. El movimiento exterior es semejante, pero el estado interior es completamente diferente.
La acción que no encadena
La enseñanza no señala que el trabajo sea el verdadero problema. El problema comienza cuando construimos nuestra identidad alrededor de aquello que esperamos recibir del trabajo.
Actuamos y queremos ser reconocidos. Ayudamos y esperamos gratitud. Amamos y exigimos que el otro responda como imaginamos. Nos esforzamos y creemos que el resultado debería pertenecernos.
Cuando la realidad no coincide con nuestras expectativas, aparece la frustración. Y cuando obtenemos lo deseado, aparece el miedo a perderlo.
Así surge la dualidad: éxito y fracaso, aceptación y rechazo, ganancia y pérdida.
El renunciante descrito en este capítulo no es necesariamente aquel que ha dejado todas sus actividades. Es quien no siente odio cuando el resultado es desfavorable ni queda dominado por el deseo cuando parece favorable.
Continúa actuando, pero ya no permite que el fruto de la acción determine quién es.
Es como una planta que ofrece su fruto sin preguntarse quién lo tomará. La planta participa plenamente de la vida, recibe la lluvia, atraviesa el viento y continúa creciendo. No deja de actuar, pero tampoco reclama aquello que ha producido.
Conocer nuestra posición
Según esta enseñanza, el conocimiento verdadero también implica comprender nuestra relación con Kṛṣṇa (energía creadora). Kṛṣṇa es el todo y nosotros somos partes integrales de ese todo. Compartimos una naturaleza espiritual, pero no somos la totalidad. Somos idénticos en calidad, aunque diferentes en cantidad.
Esta comprensión evita dos extremos. Por una parte, impide que nos consideremos completamente separados de lo divino. Por otra, evita que confundamos nuestra individualidad limitada con la totalidad absoluta.
Cuando una persona reconoce que forma parte de algo mayor, ya no necesita convertir cada acción en una afirmación de su ego. Puede trabajar, servir, amar y crear sin pensar constantemente: «Esto es mío», «yo lo hice» o «el resultado me pertenece».
La acción continúa, pero el peso psicológico de la acción comienza a desaparecer.
Renunciar en la vida cotidiana
No hace falta abandonar nuestras responsabilidades para comenzar a experimentar esta enseñanza.
Podemos observarla mientras cocinamos, trabajamos, ayudamos a alguien o compartimos una reflexión. Antes de actuar, podemos preguntarnos:
¿Estoy haciendo esto únicamente para recibir algo o puedo ofrecer esta acción sin apropiarme completamente de su resultado?
Renunciar no significa volverse indiferente. Tampoco significa actuar sin cuidado. Podemos comprometernos profundamente con lo que hacemos y, al mismo tiempo, comprender que no controlamos todas sus consecuencias.
La renuncia se encuentra en ese espacio interior donde hacemos lo mejor que podemos, pero dejamos de exigirle a la vida que responda exactamente como nuestra mente desea.
Práctica: convertir una acción en ofrenda
Elige hoy una actividad sencilla: preparar una comida, limpiar un lugar, escuchar a alguien o realizar tu trabajo.
Antes de comenzar, detente durante unos segundos y respira profundamente.
Repite mentalmente:
«Ofrezco esta acción. Haré lo mejor que pueda, pero no me apropiaré de su resultado».
Después, realiza la actividad con completa atención. Observa si aparece la necesidad de reconocimiento, recompensa o control. No la rechaces; simplemente reconócela y vuelve a ofrecer la acción.
También puedes acompañar la práctica con el mantra:
Om Namo Bhagavate Vāsudevāya
Permite que cada repetición te recuerde que no estás actuando de manera aislada, sino como parte de una realidad más amplia.
Quizás la libertad no comience cuando dejamos de actuar, sino cuando dejamos de creer que cada resultado debe pertenecernos.



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